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3/25/2008

LAS MIGAS DE GARSAN



Mi abuela murió hace mucho y lo hizo casi con un siglo a cuestas. Yo disfruté de ella los últimos años de su dilatada existencia, los primeros de la mía, esos llenos de curiosidad y ansia por saberlo todo y aprenderlo todo y para eso ella era única con su prodigiosa memoria que conservó hasta los últimos días antes de morir.
Recuerdo que me contaba interminables cuentos a la hora de la siesta con la intención de dormirme pero eran tan interesantes, me gustaban tanto que, lejos de dormirme, me despabilaban, excitaban mi imaginación y me sumían en un duermevela en el que cobraban vida todos los personajes de la narración dándoles yo caras de gentes conocidas y adornándolos con todas las virtudes y defectos que a mis cortos años conocía.
Tenía yo mis cuentos favoritos y eran aquellos los que ella repetía con más frecuencia, aunque le daba coraje que le pidiera siempre los mismos no permitiéndole así que recordara otros o, incluso, que se los inventara sobre la marcha, cosa que creo que hacía también pero yo le impedía que a los conocidos les cambiara ni una coma ya que casi me los sabía de memoria.
Dos de mis cuentos favoritos eran el de El tío Roque y La Leyenda de Sakuntala. El primero hablaba, me parece estar oyendo la voz de mi abuela, “de un humilde pescador que salía todos los días a buscar su sustento en una pobre y desvencijada barquita y cuya mujer, insaciable y egoísta, no hacía más que hostigarlo acusándolo de al pobreza y miseria en que vivían. Un día, Roque atrapó en la red un pez de oro que, además, hablaba y al tenerlo sobre la cubierta el pez le dijo: “Si me sueltas te concederé un deseo”. Una barca nueva, fue el deseo que formuló el atribulado Roque y ese día volvió a casa con una flamante y resplandeciente barca en cuyas velas soplaba el viento y en cuyos cabos silbaban los aires de la marea”. El cuento seguía diciendo como la ambiciosa mujer obligaba al pobre Roque una y otra vez a pedirle cosas al pez de oro, hasta que éste se cansó y se lo quitó todo, salvo la barca nueva de Roque.
El otro cuento transcurría en La India y mi abuela le daba con la entonación de voz todo el misterio y encanto del lugar y las leyendas. Recuerdo que empezaba diciendo: “Sakuntala era la princesa más hermosa que los hombres jamás conocieron, su padre, el Rajá de Khapurtala, celoso de la belleza de su hija y temeroso de que aquella le acarreara algún mal a causa de la envidia y la maldad, le construyó un palacio de oro y brillantes, con los techos de aguamarinas y los suelos de rubíes y zafiros y en ese increíble palacio transcurrían los largos y aburridos días de la princesa, cuya tristeza no conseguían paliar ni los más afamados juglares, ni los más osados encantadores de serpientes o las más reconocidas bailarinas. Pero la prodigiosa belleza de la princesa transcendió allende el palacio y encendió la llama de la envidia en una peligrosa bruja de la región…”
La cosa era previsible pero yo no me cansaba de escuchar una y otra vez el cuento que conseguía llevarme a La India, viajar a lomos de enormes elefantes o cazar al temible tigre de Bengala.
También tenía mi abuela su tema favorito y en cuanto encontraba la ocasión lo metía y se explayaba contando y recontando las historias de su abuela, una mujer que murió con más de un siglo de edad y de la cual parecía haber heredado la memoria y el encanto para contar y recordar cosas de mucho tiempo atrás.
De una cosa no le gustaba hablar a mi abuela y era de la guerra, decía que había sufrido una muy mala y las consecuencias de otras dos también horribles y no quería recordarlas, no soportaba hablar de ellas, decía que recordarlas era volver a vivirlas, a sufrirlas, sentir de nuevo el miedo, el hambre, la angustia, al inseguridad… que no, que no quería ella hablar de esas cosas tan tristes y malas. No obstante siempre decía lo mismo “No me gusta recordar las guerras, pero no debemos olvidarlas para que no se repitan”.
La cocina era otro de sus puntos fuertes, decía que ella aprendió a hacer de comer cuando no había apenas nada, así que ahora, que había de todo, era mucho más fácil. Eran famosos sus pestiños en Navidad que llenaban la calle del aroma de la matalahúga y la miel caliente, o sus habas enzapatadas en primavera con ese poleo fresco que trasminaba por toda la casa, por no hablar de los chocos con habas que hacían chuparse los dedos a todos los que los probaban, o los garbanzos con bacalao en vigilia, cuya receta era su secreto mejor guardado debido a que aquello parecía algo mágico pues con unos garbanzos, unas raspas de bacalao, unos clavos y poco más – ese era su secreto- aquello sabía a gloria bendita.
Un día que andaba enfrascada entre peroles y cacerolas, alguien le dijo algo sobre unas migas, sí, que estaba nublado y hacía frío y esos eran los días idóneos para comer migas y entonces ella decidió hacer unas migas, migas a lo Garsan, dijo y yo, que jamás había oído antes ese nombre, me pegué a ella hasta que conseguí que me contara la historia de esas migas de tan extraño nombre.

_ Hace muchos, muchos años, me contó mi abuela la historia de las migas de Garsan, un gabacho que anduvo por el pueblo batallando contra el general Ballesteros._ empezó a narrar mi abuela poniendo la voz que solía en esos casos
_ Abuela ¿qué es un gabacho?_ pregunté yo.
_ Un francés, hijo, un francés.
_ ¿Y qué hacía un francés en el pueblo, abuela?
_ Vamos a ver: los franceses, que siempre han sido muy listos, poco a poco se fueron adueñando de España debido a unos reyes débiles y desdichados que fueron cediendo a sus artimañas y sus intrigas pero un día se cansaron los españoles y se levantaron en armas empezando la guerra de la Independencia. Por la sierra estaba el general Ballesteros que, según mi abuela, pasó un día por el pueblo y daba gusto verlo montado en su caballo con aquel uniforme tan vistoso y las botas tan brillantes. Pues llegaron los franceses y tras combatir contra nuestro general sin lograr vencerlo, sitiaron el pueblo y nos tuvieron diez días aislados y comiendo de lo que cada uno tenía guardado en casa ya que no se podía salir a la calle si no querían los hombres acabar muertos y las mujeres de mala manera.
Mi abuela, como muchas mujeres entonces, hacía el pan para toda la semana y lo metía en unas orzas grandes que tapaban con corchos y así se mantenía el pan casi tierno, asentadito pero no duro. Rebuscando por la casa encontró unas cuantas cabezas de ajos y media cántara de aceite del bueno y poco más, salvo unas botellas de tomates en conserva y un par de melones que colgaban del techo, así que decidió hacer unas migas a pesar de no tener el torrezno para echárselo o unos choricitos frescos que tan buen sabor le daban.
Sacó un par de panes de una de las orzas y empezó a rebanarlo, después los hizo cuadritos y los dejó en una artesa pequeña rociándolos con agua del pozo de vez en cuando. Dejó los ajos a medio pelar y los golpeó con la mano para partirlos un poco, después cubrió el fondo de una perola con aceite de oliva y doró los ajos. Aquello empezó a oler bien y poco a poco mi abuela fue añadiendo el pan a la perola sin dejar de moverla y revolver el pan que fue tomando un color dorado y luminoso.
Decía mi abuela que la cocina le resecaba la boca y para eso tenía siempre un búcaro con tinto fresquito a la mano y en eso andaba cuando sintió ruidos de caballos en la puerta y unas extrañas voces que no reconocía. Se quedó quieta y en silencio y entonces un golpe seco en la puerta la asustó y la hizo correr hacia la misma. Abrió el portillo y se asustó al encontrarse la boca de un caballo a escasos centímetros de su cara.
_ ¡Abra la puerta!_ mi abuela entendió a aquel hombre pero el acento le pareció extraño._ ¡Soy el general Garsan, abra la puerta!

Mi abuela abrió la puerta, le temblaba todo el cuerpo, eran los franceses de los que contaban horrores, sobre todo con las mujeres y ella estaba en la casa con sus padres, ya mayores y que permanecieron en las habitaciones.

_ ¿A qué huele, señora? No tenga miedo, por favor, no le haremos daño alguno, los franceses no somos tan malos como nos pintan. ¿A que huele?
_ Estaba haciendo unas migas y se me van a pegar si no las muevo.
_ ¿Pegar…?
_ Sí… quemar.
_ Ah, pues ande, ande y muévalas que huelen muy bien. ¿Nos invita a comer, señora?
_ Señor… son sólo unas migas, no les he podido echar nada, solo pan y ajos, pero si se quieren quedar a comer…
_ Por supuesto que sí, nuestro cocinero no es lo mejor que tenemos en el batallón, no se puede tener todo…
_ Bueno pues pasen ustedes y siéntense… lávense las manos si quieren, las tendrán sucias de los caballos.
_ Sí gracias, veo que todos los españoles no son iguales de sucios. ¿No tendría usted un poco de vino? Tenemos la boca reseca, por aquí aprieta el calor.
_ Vino… si les gusta este les pongo un vaso
_ Veamos… no es un Burdeos, desde luego… pero no está mal, tiene cierto buqué.
_ Es de pitarra, señor, del pueblo de al lado.
_ Pues no está nada mal… a ver esas migas que huelen que alimentan… ¡Mon dieu, c’est magnifique! ¿Y dice usted que esto es sólo pan aceite y ajos?
_ Sí señor, y paciencia para mover y que no se asienten ni se peguen.
_ Exquisito, señora, no tengo palabras, de verdad… y el tinto le viene a estas migas, ¿así se llaman, no?, de maravillas.

Mi abuela reservó un poco de migas para sus padres porque el gabacho se hubiera comida la perola entera si se la hubiera puesto por delante. El búcaro de vino enseñó el fondo y el francés se palmeaba el estómago satisfecho, entonces mi abuela descolgó uno de los melones y lo partió en tajadas poniéndolas en un plato, el melón, en sazón de olor y sabor, perfumó la cocina con su aroma y cuando el francés lo vio ante si no pudo más que exclamar:

_ Es usted maravillosa, no podía poner otro postre más apetecible después de las migas, algo tan fresco como este melón, digestivo y dulce. Qué pena que tengamos que combatirles porque nos quieren echar ustedes de aquí, sería maravilloso que pudiéramos convivir en paz y que usted nos enseñara sus migas y nosotros nuestras cosas que también hacemos bien de comer, no se crea. Mi padre era cocinero del emperador y se inventaba mil platos para complacerlo porque con la úlcera de estómago que tiene casi nada le sienta bien y apenas come el pobre hombre.
_ Si quieren les puedo hacer un poquito de café, aún me queda algo. Con esto del sitio no podemos comprar nada y se nos están acabando las provisiones.
_ Hace usted que me sienta culpable, señora. Ponga ese café como broche de oro a esta magnífica y sencilla comida. Yo soy militar y la guerra es mi trabajo, cuando me bato en el campo de batalla con un rival soy cruel e implacable, tengo fama de duro y mis hombres cuentas mis victorias por cientos de muertos pero cuando me tengo que enfrentar con personas como usted me doy cuenta de la crueldad de la guerra, del absurdo de la misma y de que la peor parte os la lleváis ustedes, los que después no repartís el botín de la victoria. Señora, nos tenemos que ir, no sé cuánto estaremos aquí pero no la olvidaré fácilmente, ni a sus migas tampoco.
El sitio duró diez días y, aunque los franceses perdieran esa guerra, esa batalla la ganó Garsan haciendo que se retirara Ballesteros y cuando las tropas entraron en el pueblo desmontaron la artillería de los fuertes que tantas bajas les habían causado y arrasaron todo lo que encontraron a su paso, debió salir a relucir el Garsan cruel e implacable de la guerra de manera que las migas y todos sus deseos pacifistas se le olvidaron enseguida pero a mi abuela nunca se le olvidó aquel gabacho que compartió sus migas y le supieron a gloria.
Bueno, pues esa es la historia de las migas de Garsan, que desde entonces se llamaron así y eran festejadas como algo especial y entrañable y yo las sigo haciendo cuando hay días nublados, fríos y húmedos en invierno y cuando eso ocurre, no puedo dejar de pensar en mi querida abuela y entonces me surge una pregunta: ¿heredaré su longevidad y les podré contar a mis nietos la historia de las migas de Garsan o el cibermundo habrá desbancado todas esas cosas y el fast food habrá ganado la batalla y el colesterol y las lorzas se enseñorearán de nuestros torrentes sanguíneos, de nuestros abdómenes y caderas? Esperemos que no.